Yvonne Denis

Escritora – Puerto Rico

Delirio Entrelazado

Delirio entrelazado: reseña de un poemario de Yvonne Denis

Por Wilfredo Mattos Cintrón

Después de darle algunas vueltas al asunto, estoy convencido de que nada hay más complejo que lo sencillo. Reducir lo superfluo, pulir lo rugoso, extirpar lo redundante hasta dejar expuesta el alma de las cosas parece el camino para hacer que lo sencillo aflore. Nos engañamos, sin embargo, con esa figura que alberga el destilado de tanto esfuerzo. Nada tiene de sencillo, no sólo por el camino que nos llevó a su encuentro sino también por el producto mismo que resulta ser, a la postre, una forma de diálogo con el universo en donde se localiza. Donde parecen haber cosas, descubrimos relaciones eslabonadas, o mejor aún, delirio entrelazado que es el título del poemario que nos ofrece Yvonne Denis Rosario.

Martí decía en sus Versos Sencillos:

Yo vengo de toda partes

Hacia todas partes voy

Arte soy entre las artes,

En los montes, monte soy.

 

¿Qué tienen esos versos de sencillos? ¿La forma? ¿El contenido? Escuchemos este otro:

Él volvió, volvió casado.

Ella se murió de amor.

 

Una tragedia, la historia de dos seres, un sentimiento enlazado entre ambos que sólo nos inunda de incógnitas y la profundidad de una relación truncada. La sencillez aparente de la forma ha sido trabajada con esmero para liberar la historia de los ocultamientos y lograr exponer el desencuentro y la servidumbre de los amores.

Cuando Neruda nos dice:

Tu silencio es de estrella

Tan lejano y sencillo …

Claro como una lámpara

Simple como un anillo,

 

Entra, contundente, nuestra Yvonne Denis y nos dice:

Aro,

círculo viciado.

 

Nada hay de simple en un anillo, ni siquiera su forma.

He querido comenzar con esta reflexión sobre la sencillez para desmontar cualquier equívoco de asimilar este poemario a lo simple, lectura hacia la cual la propia poeta nos incita para tendernos una trampa y dejarnos inocentes frente a las sorpresas escondidas en los lazos de este delirio. Nada hay de simple en los anillos de estos lazos que transitan la vida, auscultan en la muerte, sucumben ante el amor, y reclaman la esperanza.

En estos versos lo cotidiano revela su alma oculta y el enlace del mundo de la naturaleza con el de los seres humanos y la transfiguración del primero en el otro. Por el primer conjunto de lazos que la poeta recoge en el multibucle Lazos de vida, circulan los siguientes poemas: Amanece, Agua, Aguacero, Flores, Bambú, Hojas, Raíces, Ventisca, Gotas, Región de la Jungfrau. Pero cada instancia de lo externo se revela portadora de un mundo interno. El agua nutre “estancadas pasiones”; las flores son “tus flores, regalo del hace tiempo”; las hojas “Reciben pasos, que amortiguan un jardín desolado”; la ventisca “Azota, sacude papeles adheridos a la nevera,/ al escritorio transparente, duplica la imagen/ de documentos importantes,/ olvidados”; las gotas “caen/ vienen/ a mi solo/ de mi nada… gotas de nada”. Se funde aquí la historia natural, eterna, con lo personal, lo contingente y errático humano proclive al olvido, al desamor, a la desolación. Está presente una poética de la elipsis donde lo propiamente humano circula como una sospecha entre los velos del paisaje. En esa caverna de las sombras los seres humanos somos los dioses ocultos del trasmundo subterráneo de la naturaleza.

El segundo ramillete de lazos es el de la muerte. Del Alfa, directamente al Omega porque morir es también una forma de seguir viviendo ya sea en el terreno propicio de la memoria donde la muerte cava su presencia, o en la propia naturaleza. A diferencia de la tradición judeocristiana los pueblos mesoamericanos veían en la muerte el inicio de un tránsito por el inframundo donde lo muerto es transformado para luego emerger a otro ciclo de vida. La muerte no era para ellos ese “país sin descubrir de cuyos dominios ningún viajero regresa”, que es lo que nos decía Shakespeare. Morir para ellos era iniciar un viaje al final del cual se encontraba la ruta del regreso. Es la base del mito del maíz, descabezado, enterrado, transformado para luego resurgir. Algún eco de ese resurgir circula por estos Lazos de muerte donde inician su periplo un amor, un país, un amigo, una tierra estéril, una madre.

Es evidente que Yvonne Denis no mira a los ojos de la muerte para dialogar con ella. Pone su mirada en las víctimas. Se aparta de esa particular tradición de aquellos poetas que circulan alrededor de la muerte como misterio que se debe asumir. Véase a Matías Claudius que en La muerte y la doncella la presenta como una amiga que viene a aliviar y acabar con el sufrimiento: “amiga soy y no vengo a castigar”.

No la anhela como un Goethe avejentado, progresivamente alejado de un mundo que cada vez se le hace más extraño y anuncia su deseo de un descanso eterno, como nos dice en el Prólogo al Fausto: “y de mí se apodera un ansia largo tiempo no sentida por aquella plácida y augusta región de los espíritus. Fluctúa ahora en imprecisos sones mi canción susurrante parecida a las modulaciones de un arpa eólica. Un estremecimiento me invade, las lágrimas suceden a las lágrimas. Lo que poseo me parece lejano y lo desaparecido se me vuelve realidad.”

Tampoco la interpela para pedir la merced de una tregua porque “el amor dormido aquí en la hierba es bello todavía/ y un júbilo de sol baña la tierra. ¡Déjeme tu implacable poderío/ una hora, un minuto más con ella!” que es lo que dice nuestro Palés Matos en El llamado.

La muerte para Yvonne Denis no es consoladora, ni liberadora de angustias, es quien nos roba querencias, amistades, pueblos: un verdugo carente de rostro amable. Así nos la retrata en el único poema de este conjunto donde le levanta la máscara para mirarle la cara. Se trata del estremecedor poema dedicado A mis hermanos haitianos, Hay ti[erra] sobre mí. Tierra de esclavos alzados triunfalmente contra el poder del ejército más poderoso de su momento, el de Francia. Dirigidos por el gran Toussaint L’Ouverture, —quien víctima de una traición terminó encarcelado, lejos de su tierra antillana, en el Fort de Joux—, los haitianos lograron constituir la primera república americana después de Estados Unidos. Pagaron caro su osadía de querer ser libres. Empobrecidos tanto por el aislamiento, las agresiones comerciales europeas y los malos gobiernos, la naturaleza también se ha ensañado contra ellos. En estos versos duros Yvonne Denis alude a la seducción de la entrega, la resignación, el abandono de su lucha, de su cultura:

“me seduce a terminar

que olvide la magia,

el vodú, el sincretismo,

que MALDIGA el créole”

 

“Seré libre del dolor,

de la agonía,

de la tristeza,

de la culpa,

de la impotencia.”

 

Es una seducción que la poeta reconoce como lo que es: “Hay una sombra metida en mi cuerpo/ y este no es mi cuerpo/ sino el de la muerte”. ¿Será ese reconocimiento la señal para la recuperación, el regreso, la regeneración?

No son los fardos metafísicos de la muerte lo que le preocupa a Yvonne Denis Rosario. El más allá que mira está aquí en la tierra, en la reproducción del vivir en este mundo. Si eso es cierto, esta concepción de la muerte se emparentará con la de los pueblos mesoamericanos que ya habíamos señalado: un viaje a los niveles ocultos del Xibalbá para los mayas, o el Mictlán para los aztecas, para luego renacer. La muerte abandona entonces su siniestro hábito de verdugo para ser la iniciadora de una transformación que se verificará aquí en la tierra, en un ciclo eterno.

Entre medio del Alfa y el Omega la vida sigue. La colección de lazos ahora se centra en el amor y en su conjunto constituyen el memorial de un cariño que transita por las estaciones de los sentimientos: la certidumbre, la duda, la ausencia, la separación, la incertidumbre de un futuro común y el reencuentro.

Escribir acerca del amor no deja de ser un acto peligroso para un poeta. En un camino tan trillado por los pies de muchos debe encontrar su propia ruta y cantar con su propia voz. Yvonne Denis lo logra acudiendo a poderosas imágenes: “Amarte tatuado a mi piel”, “Levanto/ mi ancla/ de tu puerto”, “Un coral desprendido/ me anima al encuentro/ de un futuro sin destino”; lo logra con las veladuras de lo erótico que se agita en su mar de palabras. “Entras al túnel/ la velocidad de tu tren/ aumenta rápido/ y la chispa del carril que nos une/ centellea./”, “Tu raíz crece y va surcando mi tierra húmeda”; lo logra cuando al interior de estos lazos descubre la escondida historia de dos cuerpos que se entrelazan en una danza que los acerca y los aleja: unos lazos dentro de otros; lo logra cuando afirma el contraste y la contradicción del amor que se revela como una arriesgada travesía por un territorio donde lo banal se anuda con lo importante, lo exquisito con lo sórdido, la presencia con la ausencia: véanse los poemas Encontré lo mismo, y Sábanas de sexo.

Desenbocamos finalmente en los Lazos de esperanza. Aquí la poeta nos recuerda que la esperanza también nace de la voz que denuncia y de la propia renovación generacional de la vida por aquello de retomar aquel viejo proverbio árabe de que un padre tiene dos días, el suyo propio y el de su hijo. Yvonne Denis lo corrige enderezando el sesgo masculino porque también una madre tiene dos días: el suyo y el de sus hijos e hijas.

Para cerrar este poemario, la poeta deshace el nudo de los lazos —de todos. No es una tachadura de todo lo que ha unido, de la “Atadura/ apretada/ del cazador”, sino un reconocimiento del ciclo de la vida que une y desune, que propicia encuentros y desencuentros, que hace retoñar y morir, que en el desmadejamiento de las cosas se encuentra también el sendero para que irrumpa por todos los poros de la experiencia humana, la esperanza.

Hay otro lazo que me parece detectar en estos versos y que tiene que ver con las articulaciones de sus imágenes. Sorprendo a veces en ellos una textura de jaiku. Escuchen de Amanece estos versos:

Oscuro a gris azuloso

Los coquíes disminuyen,

Pocos se escuchan,

Callan.

 

O estos, del mismo poema:

Perros,

Oigo ladridos,

Se acercan ,

Hambrientos del día.

 

No es el jaiku clásico, el que debe tener 17 moras, esa medida del tiempo al interior de las sílabas, pero efectivamente captura esa mirada transparente de la naturaleza. Escuchémosla otra vez:

Escribo.

Miro por la ventana,

Entre hojas

Esperaba el amanecer.

 

Detecta uno ese sentimiento de la forma clásica japonesa que emana de una emoción profunda por la percepción de la naturaleza. Sin embargo, es precisamente en este punto donde la poeta se nos escapa para incursionar en el mundo de lo humano y trascender la dinámica del jaiku. La percepción de lo natural externo se anuda a lo interno para vestirse con los intangibles que nos asedian. Porque más allá del mundo externo natural modulado por la mirada de la criatura humana, está el propio acontecer que entrelaza a lo individual con lo colectivo: está el ser humano que vive entre otros y valora esa experiencia del devenir propio. Por eso, por estos versos transitan temas de lo cotidiano, la experiencia en donde llegamos a ser: la maternidad, el amor, la eroticidad, la familia, la persona amada, la solidaridad. Son estaciones que a veces por el avasallamiento de las durezas de la vida escapan de ciertas miradas poéticas que las reducen y las insignifican.

Yvonne Denis regresa a esos temas aquí pero no a repetir las voces y las miradas de antaño. Nos recuerda que un simple anillo es también la proyección en un plano de una hélice cilíndrica, una figura geométrica más compleja que la vemos en ese juguete conocido como un slinky. Al transitar por uno de sus eslabones y regresar a lo que parece en el plano un mismo punto, en realidad, en las tres dimensiones de la hélice, nos encontramos en un nivel superior. Igualmente, transitar por los bucles de estos poemas no nos regresa al pasado sino a una visión más compleja de lo vivido.

Démosle las gracias a Yvonne Denis Rosario por estos delirios entrelazados.


Palabras para un primer libro

Por Carlos Roberto Gómez

Como Editor de un proyecto que conoce del peso de los pedidos y los requimientos de sus autores celosos y posesivos, siempre te henido por Norte nunca presentar un libro; ese trabajo de alto riesgo se lo dejo a gentes más preparadas para esa labor (como Wilfredo Matos Cintrón, el excelente escritor que me antecedió). Pero como hombre de cierta experiencia también he ido reconociendo que nunca se debe usar la palabra Nunca y en cada Siempre hay una oportunidad para lo inesperado. Por eso estoy aqui para decir algo, quizás coherente, sobre Delirio entrelazado, primer libro de poesía de Yvonne Denis-Rosario.

 

Empiezo por el inico, pero no de este libro sino de la historia de un alma que como Yvonne un día se sintió llamada por la poesía….

Un día en los pasillos de la facultad de Humanidades en la UPRRP, un joven gasta horas, lapiz y papel un escribir lo que para el son poemas. Un profesor de literatura lo interrumpe y le pregunta “Que tanto es lo que escribes”; el aprendiz contesta: “Escribo poemas porque soy poeta”. El maestro responde sorpendido: “¿Poeta?. Puedo ver esos poemas?’ examina los más de 50 papeles e invita a estudiante a dejárselos en sus manos y citarse en una semana en su oficina para darle una impresión de los mismos. Al tiempo acordado el estudiante, alegre y sediento de la esperada impresión recibe de su maestro el siguiente veredicto: “Todo esto es una mierda”. “Pero hay 50 poemas” respondió herido de muerte el estudiante”. A lo que el maestro respondió: “Si, hay 50 poemas pero no hay una sola poesía”. El estudiante era este quien habla y el maestro era José Emilio González.

Asi en un proceso de quizas no siempre es tan doloroso pero sin lugar a dudas es iluminador, José Emilio me enseñó lo siguiente sobre la Poesía:

 

1-el escritor es, anterior a nada, un lector: el escritor es siempre la suma de sus lecturas

2-el escritor debe de sentir el atrevimiento y la urgencia de escribir porque sino muere

3-el escritor debe ser honesto pero sin dejar de mostrar el misterio

4-en la poesía la síntesis es la mayor herramienta y la imagen su mejor acuarela

5-el producto final debe tener una forma llamada Poema, una construcción llamada Libro y sutiles dispositivos de complicidad que lo hagan un Texto.

 

Partiendo de esos preceptos, pasaré ahora a catar con gran frugalidad el libro de Yvonne Dennis-Rosario:

–El libro es una propuesta de 56 poemas divididos en 4 secciones temáticas: Vida (13 poemas), Muerte (10 poemas), Amor (28 poemas) y Esperanza (5 poemas).

El titulo, delirio, anuncia una perturbación y un estado del alma que en este caso conecta los temas universales anteriormente enumerados. Por lo tanto, hay en este libro un mundo, un cosmos personal alterado donde se nos invita a conocer la vida, muerte, amor y esperanza de una alma.

–El epígrafe general del libro, “Sufro con gran cuidado…” de César Vallejo, nos habla de varias cosas: primero, sobre el gusto como lectora una poesía paradigmática de profundo compromiso humano como la que cultivó Vallejo; pero también, de una manera de estar ante la pena, el dolor y la pérdida: intentando no alterar la pureza de sufrimiento, ese que motiva la urgencia de escribir (porque sino se muere), tal como lo experimentaron Julia de Burgos, Clara Lair y Alfonsina Storni, entre otras voces que en este libro hacen eco.

–La voz poética asumida en este texto, asi como un guía, nos acompaña en este viaje. Es una hablante que se caracteriza por su lirismo (entiéndase: sensibilidad, honestidad, interioridad) y por la dignidad que con hostenta lo femenino (sin subir el tono, sin necesidad de lo facilmente dramático o la conveniente postura contestataria). Es una voz que invita a seguir adelante en una complicidad entrelazada.

–Los poemas estan teñidos por una síntesis, casi siempre, muy efectiva y que nos develan muchos de los mejores momentos del libro que, creo, se ubican en las 2 secciones centrales: la Muerte y la Amor. Así en este mito revisitado (Tánatos y Eros) encontre este lector lo que buscaba (quizas porque como dice Octavio Paz ya yo lo lleva dentro): a saber algunos de mis poemas favoritos:“Otra vez silencio”, “Hay ti (erra) sobre mí”, “Amarte”, “2:30 am”, “Tronco”, “Negro”, “Encontré lo mismo” y otros. Y dentro de estos (y otros) imágenes que nos animan: “Hay una sombra metida en mi cuerpo/ y este no es mi cuerpo, /sino el de la muerte”; “El silencio se aloja en el perchero/y separa tu ropa de la mía”; ”Tu raíz crece y va surcando mi tierra húmeda”; y otro más: “Subo curva y extasiada,/ y desde mi escondite/ se escurren los placeres que me ofreces/ Otra vez roncas/ lleno de ambos”.

-Finalmente, no puedo terninar sin señalar en algunos interesantes atrevimientos de la escritora, llamémosles ejercicios de formas y deconstrucciones: por ejemplo… poemas que inician desde el título; creaciones de palabras nuevas; movimientos espaciales de versos y sílabas, ect.

Todos estos y otros nos dicen que además de un alma que quiere comunicar hay una indentidad poética que desde su primer intento quiere dejar una huella: el deseo de un estilo.

 

Asi, Ivonne, tratando de emular y mejorar a mi maestro Jose Emilio te digo: “He leído todo esto y encontré poesía y lo que es más importante: te encontré a ti y a tu delirio.”

 

 

 

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  • RT @ObispoRuben: ¡Cuánto nos cuesta agradecer, cambiar, crecer, pensar antes de actuar, ser honestos con nosotros mismos, discernir… 3 days ago
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