Yvonne Denis

Escritora – Puerto Rico

Despertar la curiosidad, la sensibilidad y la imaginación de un lector… No hay recompensa mayor para un escritor.

“Despertar la curiosidad, la sensibilidad y la imaginación de un lector… No hay recompensa mayor para un escritor.” Ana Lydia Vega

Un lector que no es un académico, ni crítico literario y que solo disfruta la lectura escribe su experiencia al leer Capá prieto…

“Capá Prieto me trae muchos recuerdos, pone a uno a pensar, y sobre todo, enseña. Enseña mucho, al menos a mí.

El libro Capá Prieto es como leer poesía porque al leerlo yo siento que escucho como un ritmo, como una métrica, como los tambores de mis amados Papá Rafael y Mamá Caridad, patriarca y matriarca de los Cepeda. Y el libro también tiene frases que para muchos serán metáforas nada más, pero para mí son cosas que siento y nunca he exteriorizado; ejemplo de esto es la frase que está en la página 60, último párrafo: …“ese proceso que parece detener el tiempo de los que lo viven”…, estas palabras describen un sentir mío sobre la partida de seres queridos, que nunca me detuve a pensar con detenimiento, pero este libro me lo dijo, estas páginas me dibujaron mis pensamientos montones veces.

Yo por costumbre leo los libros como las demás personas, de principio a fin, pero los libros de cuentos los leo al revés, empiezo por el cuento final, y luego por el anterior, y así sigo hasta que llego al primero. Me gusta así para meterme en la narración a mi manera, pero con este Capá Prieto uno al final-comienzo se queda como con ganas de seguir entendiendo más, y que el relato siga y que los cuentos no se acaben, y uno se queda como dentro del sitio con los personajes, las páginas se pegan de uno incluso cuando ya se va leyendo algún otro de los cuentos.

En el cuento El silenciamiento, recordé lo que leí en mi clase de historia de Puerto Rico, pero no se me ocurrió pensar que esos combatientes tan decididos y valerosos eran negros o mulatos, siempre pienso “en blanco”, o sea, lo que nos dicen casi siempre lo imaginamos con gente blanca y no siempre es así en la realidad. Los mandamases de la trama, O’Reilly y De Castro, podrán haber sido blancos, pero Lanzo no lo era, ni la compañía de militares que dirigía tampoco.

En el cuento Barrotes olvidados pude recordar cuando era niña y estaba con mi mamá en el viejo San Juan y vi un grupo de presos siendo llevados desde la cárcel la Princesa, vestidos de gris y en formación militar. Pero este cuento es una narración bien fuerte y que por medio de sus muros y rejas dice lo que hace la represión, aunque ahora sean oficinas del Gobierno lo que hay allí adentro. Y a Albizu no lo ha borrado la cárcel, ni el tiempo, ni nada lo puede borrar de nosotros, y él no era blanco.

El cuento Ama de leche me recordó lo que mi abuela llamaba “madre de leche”, y yo creo que la madre de leche es más madre que la que pare. En cierta forma, porque ella era la que le daba la teta al baby cuando la madre verdadera no podía, y mi abuela me contaba que si en una finca no había esclava que amamantara al recién nacido blanco, se la pedían prestada al esclavista vecino que sí tuviera, y a la mala o a la buena la esclava tenía que ir. También me contaba abuela que había blancas que no querían dar pecho porque para eso estaban las negras. Lo bueno es que los muchachos más coloraos y saludables salían criaítos de nuestros pechos africanos, y esa leche no la despinta nada ni nadie de esos labiecitos.

El turbante del maestro me gustó porque mis hijos son maestros y no es fácil ese oficio, ni antes ni ahora. Mi abuela me habló del maestro Cordero antes de que me enseñaran en la escuela acerca de él, porque ella nació en la calle La Luna, pero no recordaba el número de la casa, y casi seguramente la familia de ella era vecina del maestro porque el padre de mi abuela era tabaquero en esa calle y tengo entendido que tenía un tallerito en la misma casa, él era José Llanillo Floirán, y era un mulato-indio que no se le paraban las moscas encima y por eso le decían “Pepe Polvorilla”, y con él mi abuela aprendió a hacer tabacos y a fumarlos, dizque para el dolor de muelas… bueno, eso decía ella…y me dijo que los nombres de los diferentes tipos de tabacos eran panetela, vegeuero, breva, vitola, hilao y otros que no recuerdo. Pero el oficio del maestro Cordero era tabaquero, así que debe haber conocido a mi bisabuelo o a sus antepasados. Quizás mi bisabuelito Pepe estudió con él, quién sabe, pero ojalá que así haya sido, para mucha honra mía, y gracias a Dios.

El cuento La calle Felipe Rosario Goyco me trae tanta alegría porque Don Felo, resulta tío-abuelo de la autora y de tal palo tal poesía; ambos son personas sencillas y talentosas, y digo esto porque lo siento así, porque lo sé, aunque yo no lo conocí, pero desde nena oigo su música y lo que siempre han dicho de él es que era tremendo ser humano. Siempre que pienso en Don Felo veo a un hombre entrado en años tocando guitarra sentado y con su sombrero Panamá, no se porqué. Lo que más me parece curioso de Don Felo es su canción Estando Contigo; desde que la cantó el negro boricua Danny Rivera, le dicen Madrigal. A mí me encanta Pedro Flores, otro negro, Rafael Hernández, otro negro, Bobby Capó, otro negro, pero Don Felo siempre será mi favorito, y ahora más con una de sus descendientes como autora de su propio cuento.

El cuento Roble es muy especial para mi porque en el se menciona el nombre de mi santa madre, Mercedes, a la cual le decían familiarmente Negra, como a mí, y a mucho orgullo, y conste que mi mamá era como color vainilla, o sea que si alguien bastante claro todavía es negro, entonces los demás deben haber sido color celofán…me imagino…

En Periódicos de ayer se menciona a tío Luis. Y la lista que aparece en este cuento con los nombres y datos de los negros heridos y muertos en Boca de Cangrejos se me parece a un libro viejo que tengo, escrito por Fernando Picó en los años 80, con los listados de los jornaleros de 1850 en Utuado; en él se leen cosas como “fulano de tal, hijo de los esclavos tal y cual, pelo paso, nariz roma, color pardo”.

La cucaracha y el ratón, con esos me crié yo, y mis hijos cantaban “Cucarachita Martina, quieres bailar, ratoncito Pérez, quieres gozar¨.

Desahucio desde el palmar solamente me hace preguntarme porqué. Porqué un asesinato así. Porqué una muerte innecesaria, porqué tanta falsedad, indolencia, injusticia, bajeza, hipocresía, prepotencia y cobardía. Adolfina no, porque ella sí sabía muy bien lo que quería, para dónde deseaba ir y a dónde quería llegar, pero se lo impidieron; ahora, su familia hace mucho tiempo quedó sin su amparo, y hoy en día siguen pasando cosas parecidas, pero el poder no se interesa excepto por su propio crecimiento. Y estoy segura de que Adolfina lo que lamentaría sería ver que su muerte fue en vano. No hay conciencia. Dios se apiade de nuestra isla.

Bufete de abogados fue un cuento muy curioso porque fue el primero que leí y sabía que los abogados eran negros, independientemente del título del libro, del prólogo, ni nada, se siente a través de las palabras de la autora lo que hay en ese relato con esas personas, sin necesidad de decir razas ni describir colores, basta con la historia que nos cuenta. Los cuentos que más me encantaron: Federico Bruma y Anjelamaría Dávila. Esos dos, son punto y aparte.

El cuento In re: Federico Bruma debería llamarse Retrato exacto de dignidad contra el desprecio sordo. El comienzo del cuento trae a Selenia Santana y a otros autores negristas y eso ayuda a no olvidarlos, y/o a buscar más acerca de sus obras, lo cual es bueno porque así se continúa adelantando correctamente la raza y el arte. A mí se me había perdido en la memoria del recuerdo olvidado que don Juan Boria era de oficio encuadernador, y de los buenos. Pero lo más que me impacta es que en este cuento don Juan es usado por la autora como para representar a todos los negros de Puerto Rico, como somos: gentiles, humildes, sencillos, serviciales, cumplidores, responsables, puntuales, amables, limpios, ordenados, dignos, honrados, respetuosos, francos, inteligentes, alegres y optimistas, y más que todo, firmes, sólidos, resistentes, como el Capá Prieto.

Esta es una de las razones por las que este cuento llama mi atención, este libro vuelve a llevarme a mi infancia. Desde nena siempre he sentido, visto y escuchado todo lo negativo que se piensa de que los negros somos inferiores, altaneros, vulgares, zafios, malcriados, atrevidos, echones, agentaos, vagos, brutos, embusteros, agresivos, ingratos, bocones, escandalosos, frescos, truqueros, malmandaos, mala fe, pretenciosos, sucios y feos y apestosos y malos y brujos y que no servimos pa ná y que nos vestimos exagerados y que usamos el color para estarnos quejando siempre del prejuicio. Pero en este relato don Juan Boria es utilizado como personaje dentro de una trama creativa para dejar claro a quien es el negro boricua.

La historia que escribe la autora impresiona, por lo menos a mí, en la parte en como es tratado don Juan por el abogado. Lo que él le lanza al personaje de don Juan, tan rápido y ofensivo, es increíble la dignidad con que don Juan le reacciona, sobre todo en la decisión que toma: Don Juan sigue hasta terminar su trabajo, solamente por respeto a la palabra que dio, por encima de discrimenes, y porque es un caballero cabal. Eso es dignidad como un templo. Eso es lo que nos enseña la gente vertical, sea negra o blanca o naranja, eso se lleva desde la cuna, eso es ser un verdadero puertorriqueño. Cualquiera hubiera reaccionado pegándole un grito (o un tiro, como estamos viviendo hoy) a ese abogadito, pero don Juan opta por seguir su dignidad y su hombría.

Cosas parecidas, pero en muy menor grado, me han pasado, y he hecho lo mismo que hizo don Juan, continuar como sea por encima de todo, pero el enojo que se siente es fuerte, y el sentimiento de frustración ante una injusticia duele, y duele de verdad, y lo peor es ver que nada se puede hacer. Pero esa gente así, hecha del Capá Prieto fuerte y grande de generaciones anteriores, yo no sé qué tenían, creo que se llama respeto, respeto por uno mismo y hacia uno mismo. Y ese es el ejemplo que nos han dejado y debemos seguir, para no frustrarnos, ni detenernos a perder el tiempo con bajezas humanas que parecen tan inmensas, pero valen menos que poco.

Este cuento, sin pintura ni aguarrás, hace que uno de verdad sienta por lo que el personaje de don Juan está pasando y cómo lo procesa, para que aprendamos lo mucho que valemos, para nosotros mismos y para el Creador. Juan Boria no solamente termina su labor, sino que se porta como el faraón que es, con toda su autoestima intacta y de frente, y se refugia en sí mismo y sale victorioso sin importar lo que pasó o lo que le dijeron o como lo trataron. Y lo mejor sucedió después.

Por eso mi grito triunfal en este cuento fue cuando don Juan leyó en el diario lo que le pasó al abogadito, mientras va tomándose despacio su café. Ese detallito del personaje tomando café parece tan pequeño y normal, pero para mí fue símbolo de una celebración bieeeeeeen grande pero muuuuuuuy silenciosa, pero sin malicia. Fue como que una satisfacción callada y triste que siente el personaje…no sé cómo describirlo, pero don Juan como que se bebe, con pena pero con sentido de la justicia, el desprecio y la desconsideración del déspota que lo maltrató.

Lo que la autora transmite con esta parte del cuento no es una satisfacción tipo “me alegro, chávate”, sino una satisfacción de haber realizado el trabajo y el de ser humano, de haber mantenido ilesa y alta la moral. Creo, o pienso, o siento, que ese es el verdadero mensaje. Es por eso que gente como el personaje de Don Juan Boria en esta historia, reaccionan como lo hacen, ese es su gran secreto, el gran secreto de nuestra raza: seguir pa’lante porque sabemos de nuestra calidad y caridad humana. Nunca debemos demostrar prejuicios contra otra persona, precisamente porque venimos de siglos de esclavitud y de abuso, y sabemos lo que se siente, y no se lo deseamos a nadie. Esa es nuestra victoria y nuestro triunfo sobre la persona limitada que no puede salir del racismo, del materialismo, de los convencionalismos sociales. Así era don Juan, así es el negro, así es el puertorriqueño de verdad.

Ya bastante duro nos han dado desde el siglo 16. Los latigazos que debe haber recibido la tatarabuela de mi tatarabuela, por negarse a ser la corteja del amo, y el collar de hierro que deben haberle puesto por tratar de fugarse, fueron castigos tan duros que todavía llegan a dolerme a mí en el siglo 21. Hay que ser humanos, hay que ser hechos de Capá Prieto.

Leer este libro me despierta y me ayuda a ser mejor persona, mujer, negra y boricua. Cada página esta hecha de esa misma madera que nos une con los personajes y los sucesos y la fantasía.

El cuento Ficha: Anjelamaría Dávila para mi es el rey de todo este gran libro. Porque me permitió conocer a tan importante y grande compatriota nuestra. Ella ya no está, ya no existe, y ya no es, pero eso es en cuanto a la materia, a lo físico, porque ahora yo me la estoy disfrutando más que viva, por medio de todo lo que dejó aquí en esta su islita.

En este cuento la autora ronca por ahí pa’bajo de creatividad y de poesía cuando teje esta historia mágica que me pone a flotar, como que la estoy viendo y sintiendo, como si en verdad estuviera pasando ahora mismo, y a la vez es un relato que me involucró porque transmite la dureza y la frialdad con que en vida fue tratada esta pobre persona a la que encuentran muerta, la misma dureza y frialdad del protagonista Guillermo. Él es el símbolo del mayor asesino, del mayor hipócrita, del mayor cínico, pero sin embargo fue el que motivó y recibió toda las glorias literarias de la difunta. La gente no aprecia lo que Dios le da, y algunos menosprecian lo que tienen y hasta lo destruyen.

Este cuento es tan real aunque sé que es una historia creada, pero la vivencia humana es exacta. La diferencia es ponerla en páginas escritas, en un espacio limitado, y que se acaba cuando cerramos el libro. Pero para mí, no acaba. Primero, porque Anjelamaría era y es una genio de la poesía y es de mi tribu, de Humacao, la tierra de mi pai, y siento gran orgullo de ella y por ella, por su arte, sus escritos y su forma de decirlos. Esa negra bellísima e increíble es mi hermana, donde quiera que esté. Quisiera parecerme a ella algún día, y la autora de este relato hace que no hayamos perdido a Anjelamaría de ninguna manera. Me encanta como Ángela María Dávila Malavé recompuso su nombre, para hacérselo mas fácil de pronunciar a los angelitos blancos que hablan en latín, cuando ella subió pa’llá con todas sus mariposas que yo crié. En segundo lugar, la parte del relato que se llama Prosa interna del cadáver es todavía más mágica que el resto del cuento, por su forma de abrir el mar de penosas y desoladas emociones de la muerta en frente de mi corazón, y por explicar tan bien explicado a los que no sepan, o no entiendan, o no quieran aceptar, lo que le pasa por dentro al alma de una mujer cuando ama, lo que siente una boricua, lo que siente una negra, lo que siente un ser que todavía activo, tiene que soltar y despedirse del planeta. Es duro, es injusto, pero lo bueno es que la esperanza nunca es borrada por la muerte, la pena, el desamor, ni la desilusión. Y estoy segura de que esa fue la vida de Anjelamaría, de Julia de Burgos, de Sylvia Rexach, la espera, como la quimera de la tumba de De Diego, larga espera. A los que quedamos, nos toca recoger la hermosura de seres tan queridos y rehacerla y renacerla. Unos la disfrutamos, y otros, como esta bendecida escritora, son los encargados de expresarla y exhibirla, para que siga por siempre.

Grandes bendiciones derrame Dios sobre ti, Yvonne, y gracias mil por ser puertorriqueña, y sigue escribiendo. Otra vez gracias,

Bibiana Paoli
Puerta de Tierra
San Juan, Puerto Rico
2 de marzo de 2012″

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Esta entrada fue publicada en abril 5, 2012 por .

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